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En: A. Fierro, Sobre la vida feliz, Archidona: Aljibe, 2000, pág. 179

Psicología de la acción y madurez


Desde una psicología de la acción se propone, pues, que psicológica o comportamentalmente maduro es quien:

- se comporta de modo relativamente estable y consistente, aunque también con flexibilidad y capacidad de cambio adaptativo;
- es diferente de otras personas como resultado de un proceso de desarrollo diferenciador que se genera con la experiencia a través de los años, un proceso que acaba por configurarle como persona singular y única, aunque no rara o excéntrica;
- transforma la activación biológica -inherente al ser vivo- en actividad, no en activismo de la acción por la acción;
- se adapta a las situaciones, a las circunstancias, a la vez que actúa para adaptarlas a sus propias necesidades;
- hace de la necesidad (que es al propio tiempo motivación y carencia) virtud y, en consecuencia, se guía por una sabiduría (o moral de vida) de lo necesario dentro de una jerarquía de necesidades ajustada a razón;
- planea y emprende secuencias ordenadas de actividades que, al enlazar con acierto conductas consumatorias e instrumentales, dotan a la vida de significado;
- afronta los acontecimientos adversos que le afectan y las situaciones complejas que se le presentan;
- reacciona para defender espacios de libertad adquiridos -o esperados- y eventualmente amenazados;
- sabe discernir cuándo está indefenso, a merced de fuerzas externas, y cuándo no lo está, cuándo tiene bajo su control, al menos en parte, las circunstancias de su vida;
- lleva a cabo acciones autorreferidas y autorreguladoras en grado y calidad suficiente para alcanzar con alguna eficacia cierto control sobre su propia vida;
- se conoce, percibe y valora a sí mismo de modo realista, sin graves distorsiones en su autoconcepto;
- es capaz de tomar decisiones razonables relevantes para sí mismo en condiciones de incertidumbre;
- realiza comportamientos en curso abierto de acción y no, no sólo, en ciclos repetitivos, cerrados sobre sí mismos y autoperpetuados;
- gracias a todo lo cual es capaz de cuidar de sí mismo, de gestionar su propia experiencia de la vida en orden a hacerla satisfactoria al máximo.

Cuidar de uno mismo ha sido presentado aquí como núcleo no ya sólo de autonomía personal, sino también de madurez. Ese cuidado tiene que ver, antes que nada, con el propio organismo y los estados de ánimo, según una idea que viene desde la filosofía griega hasta una ética moderna que es algo más que utilitarista, cuando dice que "cada uno es el guardián de su propia salud, sea física, mental o espiritual" (J.S. Mill, Sobre la libertad). Es cuidado asimismo de las relaciones con todos los demás, unas relaciones que vendrán a incidir en la propia experiencia de la vida.

En relación con todo ello, madurez psicológica es, en suma, capacidad de vivir (de sobre-vivir y bien-vivir), potencial de bien-estar y bien-ser en un mundo cambiante y no siempre propicio. Persona madura es, ni más ni menos, quien ha aprendido a vivir.

Acaso no está de más contemplar la moneda también por la otra cara y hacer explícito lo que no es -o no necesariamente es- la persona madura. No es desde luego el triunfador, el individuo de éxito en el sentido convencional establecido y aplaudido por un modelo hoy dominante. Hay perdedores maduros y también felices, porque capaces de encajar la desilusión, el desencanto y el fracaso; hay gentes socialmente derrotadas, pero a quienes la adversidad no ha conseguido derrotar. Madurez y felicidad son perfectamente compatibles con no llegar a esa clase de éxito.