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En:
A. Fierro, Sobre la vida feliz, Archidona: Aljibe, 2000,
pág. 165.
Potencial
de bienestar y bien-ser
Salud
mental es potencial -potencia o posibilidad activa- de "bien-estar"
y "bien-ser"; es disposición activa y acaso,
en sentido estricto, capacidad de procurarse unas vivencias
positivas, una experiencia de vida feliz, en lo que se halla
en manos de uno mismo. Por otro lado, ese potencial de conducta
en orden a una vida apetecible no es -o no es en todo- un
potencial innato; es sin duda, y en máxima parte,
adquirido y modificable. En cuanto al extremo opuesto, el
núcleo del trastorno psicopatológico, también
aprendido y modificable, parece consistir no ya sólo
en una mala gestión de la propia experiencia, sino
en una cierta incapacidad o menor capacidad de autocuidado,
de manejarse en la vida, de autoprocurarse vivencias satisfactorias,
de valerse en orden a la preservación de la propia
salud física y del bienestar personal, de una salud
integralmente entendida. Se está hablando -se sobreentiende-
de una persona adulta y sin merma notable de sus funciones
físicas o mentales por alguna minusvalía grave.
Qué es salud mental en el niño o en la persona
con severa limitación motriz o intelectual, intensamente
dependiente del cuidado de otros, es asunto, de todas formas,
que se aclara por la relación con lo que, mucho o
poco, está en su mano hacer pese a sus limitaciones.
Ese potencial de ser feliz ¿es solamente tendencia,
disposición personal, o constituye capacidad en sentido
estricto, al modo de la inteligencia y de las aptitudes
básicas, primarias? En este segundo caso, la personalidad
psíquicamente sana tendría una semejanza estructural
más destacada con la persona inteligente, competente,
capaz. Sólo que la semejanza se produce no o no tanto
con la inteligencia en el sentido más convencional
y académico, con la capacidad de manejar símbolos
abstractos y de comprender y solucionar problemas teóricos,
cuanto más bien con la llamada inteligencia social
y, todavía más, con la inteligencia emocional
(Goleman, 1996). Estas últimas también se
conceptúan como capacidades: relativas, en su caso,
a competencias prácticas en la interacción
y comunicación interpersonal y, respectivamente,
en el manejo de las emociones.
Ahora bien, es posible, por otra parte, ver la salud mental
como una disposición o predisposición, no
una capacidad en sentido estricto. El individuo atrapado
en un trastorno psicopatológico sería entonces
no tanto un sujeto incapaz de ser feliz y de autoprocurarse
una experiencia satisfactoria de la vida, cuanto un sujeto
indispuesto o mal dispuesto a ello, a valerse por sí
mismo en la gestión del propio bienestar. La salud
mental se sitúa entonces del lado de las actitudes
y no de las aptitudes; sigue siendo potencial de acción
y de vida feliz, pero como potencia disposicional o motivacional
y no capacidad. A la persona apresada en el trastorno le
falta no competencia, sino disposición o motivación.
No es persona incapaz, ni tampoco enferma; es o está
no motivada, poco dispuesta o mal dispuesta. Se abre paso
así una posible sugerencia, la de abordar el trastorno
psicológico como indisposición. De una persona
bajo depresión severa o con alto estrés laboral,
en condiciones de "burn-out", de "estar quemada",
no es apropiado decir que se halla enferma, pero sí
quizá que está "indispuesta": lo
está, al menos, a efectos de necesitar la baja laboral,
al igual que en el curso de una afección gripal.
Pero ¿puede alguien no sentirse motivado para ser
feliz y para obrar con vistas a ello? La motivación
de felicidad es sin duda universal; mejor dicho, se halla
en el origen de toda motivación humana. Ello no obstante,
en la secuencia de acciones instrumentales de larga duración
y en la demora de las gratificaciones, de la satisfacción
de las necesidades, pueden producirse anchos desajustes
y disfunciones. El sujeto puede no sentirse motivado a actividades
instrumentalmente indispensables para ser feliz, pero cuyos
efectos y consecuencias sólo se hacen notar a largo
plazo. En este análisis el trastorno psicopatológico
nace de -o consiste en- un mal manejo de los distintos plazos
y contingencias en que se producen los diversos refuerzos
y que definen su valor de incentivo para el comportamiento.
La incapacidad o la indisposición del sujeto en orden
al cuidado de sí mismo en el largo plazo de una existencia
feliz necesita del apoyo y de un complemento de cuidados
por parte de otros. En esa situación sin fácil
salida por medios autónomos, con frecuencia pueden
ayudarle personas cercanas, que son siempre necesarias y
que a veces bastan para sacarle a flote. Otras veces hace
falta la intervención de un profesional, de una ayuda
técnica que supla y complete durante algún
tiempo la deficiente capacidad de autocuidado y que contribuya
a instaurar o restablecer esa capacidad. Tal restablecimiento
constituye así la meta, el objetivo principal de
una psicoterapia o una terapia de conducta.
El tratamiento o la intervención psicológica
a veces se ocupa en eliminar, aliviar o reducir un sufrimiento
psíquico en absoluto clasificable como trastorno,
ayudar al sujeto en un problema personal, en una situación
de crisis o conflicto. Son situaciones, éstas, en
las que resulta beneficiosa la ayuda del psicólogo,
cuya intervención, sin embargo, no justifica confundirlas
con las alteraciones o trastornos en sentido estricto. El
rasgo relevante común a los trastornos propiamente
tales -y no meros conflictos, crisis o problemas- es la
incompetencia e ineficacia actual del sujeto para salir
por sí solo, por sus propios medios, de la indeseable
situación en que se encuentra; incapacidad de gestionar
no para otros sino para sí mismo una experiencia
satisfactoria. La persona se halla atrapada en un ciclo
de acciones -verdadero círculo vicioso- que se retroalimentan
en creciente detrimento personal: de sus propias acciones
ineficaces o desafortunadas, junto con reforzadores inmediatos
(de otro modo no persistirían tales conductas), se
siguen situaciones y experiencias negativas, que a su vez
influyen en una posterior secuencia de comportamiento disfuncional.
Se generan de ese modo y se autoperpetúan secuencias
cíclicas de conducta muy nocivas a medio y largo
plazo, en las que la persona de modo duradero y profundo
se está causando daño grave a sí misma,
y de las que se siente -y es- incapaz de salir por sí
sola (Fierro, 1988).
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