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En: A. Fierro Personalidad, persona, acción, Madrid: Alianza, 2002, pág. 222.

Para una psicología de la tragedia


De la confrontación con la tragedia puede desprenderse una percepción o sensibilidad trágica, que, si llega a contemplar la existencia entera bajo su sombra, cristaliza en lo que Unamuno designó como sentimiento trágico de la vida. No se trata aquí de ese sentimiento existencial unamuniano, en alto grado idiosincrásico; y ni siquiera del estado subjetivo de la persona, de su conciencia trágica. Se trata de estados reales objetivos de tragedia: de una realidad donde no hay nexo entre lo que hace la persona y la desgracia extrema en que se ve sumida.

La psicología académica no ha dado muestra de sensibilidad suficiente hacia la faz menos soleada de la existencia. A los momentos dramáticos los ha dejado en manos de la clínica. La corriente científica principal de la psicología ha visitado esa ladera dramática solamente en unos pocos lugares, tales como estrés, abrasamiento e indefensión, que por otra parte son vertebradores de la personalidad, de la acción, y de su análisis.

La cuestión básica en una psicología de la persona en acción es la de qué hacer en tales situaciones trágicas. ¿Es posible en ellas afrontar, hacer algo?, ¿hacer qué? La tragedia ¿no se define justo por la imposibilidad de hacer? A diferencia de los trágicos antiguos y modernos, una ciencia laica desconoce a los dioses y a los absolutos; ha de resaltar, por tanto, que los humanos no se tropiezan jamás con lo absoluto. No hay felicidad perfecta; pero tampoco infortunio perfecto. El infierno propiamente tal no es de este mundo y los presuntos absolutos de tragedia presentan grietas que son rendijas por donde la acción puede infiltrarse.

De todas formas, no tanto afrontamiento cuanto confrontación es la actividad humana en presencia de la tragedia, una confrontación que acaso no consiste en actuar (ahí se justifica el "wu wei", no hacer, del taoísmo), sino un modo de estar, de sentirse y de mantener firme y a salvo el propio corazón incluso frente a aquélla. Es más, en algún momento, en medio de la tragedia y en la inminencia de la muerte, el mejor modo de confrontarse puede consistir en el sometimiento más sumiso por la aceptación serena. Así, en pacientes terminales, quizá conviene fomentar modos de defensa que en otras circunstancias serían regresivos y desaconsejables, tales como dejarse cuidar de forma muy pasiva o recuperar y cultivar un estilo de apego propio más bien de la infancia. Una estrategia terapéutica de ese corte se halla tan indicada como el uso de opiáceos fuertes, adictivos, para atenuar su sufrimiento.

Una psicología experimental difícilmente puede hacerse cargo de los extremos de tragedia, que por fuerza se le escapan. La psicología de la personalidad se encara aquí a situaciones y acciones en el límite que, por imposibilidad ética y también técnica, no se dejan manipular de modo experimental ni tampoco observar a voluntad del investigador. El estudioso del comportamiento que quiera tomar la medida de la extensión extrema a que puede llegar la capacidad de pasión y de acción de los humanos sólo puede hacerlo a partir de testimonios veraces acerca de ellos. Es así como Primo Levi (1958/1998), en su crónica sobre su confinamiento en Auschwitz, dice haber querido "proporcionar documentos para un estudio sereno de algunos aspectos de la vida humana", algo que asimismo se desprende de otras memorias de supervivientes de los campos de exterminio. Ha sido preciso haber estado allí para medir las magnitudes completas de la condición humana: en las víctimas y también en los verdugos. Algunas de esas memorias y análisis, por otro lado, han sido de psicólogos que en efecto allí estuvieron y que han vivido después para contarlo y transmitir no sólo un testimonio, sino también una reflexión experta, sabia (Bettelheim, 1943; Frankl, 1955).