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Otoño
y lunes
ALFREDO
FIERRO
Ahora
sí que se acabó el relajo veraniego y no sólo
la vacación. Los hijos comenzaron el colegio o el
instituto. Terminó la jornada de verano y es ya el
horario habitual, más dilatado, de trabajo. A cada
domingo sigue un riguroso lunes. El tráfico en las
calles ha vuelto a hacerse bien espeso. El balance retrospectivo
incluye la pregunta: ¿qué ha pasado en estos
meses?, ¿qué nos ha sucedido o qué
hemos hecho?, y ¿qué nos ha quedado?
Está muy difundida una convicción -no engañosa-
acerca del verano y de las vacaciones como gran ocasión
para los encuentros, simples ligues o comienzos de lazos
sentimentales duraderos. Menos atención se presta
al hecho de que son igualmente ocasión de desligarse
y de desencuentros, a veces de conflictos y decisiones vitales
que cambian la dirección de la existencia. Durante
unas vacaciones, mucho más que en un fin de semana,
se ponen a prueba las parejas y las familias: aquéllas
que salgan unidas de unas vacaciones quedarán reforzadas
al menos por el tiempo de la siguiente etapa de trabajo.
La familia o pareja que descansa unida permanece unida.
Desavenencias, desencuentros, conflictos sentimentales o
familiares, latentes mientras la pareja y los demás,
si los hay, se reúnen sólo a la hora de cenar
(y ni aun eso, mudos todos ante el televisor), se hacen
patentes y explotan cuando la convivencia pasa a todas las
horas del día. Sea en pareja o en familia, las circunstancias
no rutinarias de las vacaciones -viajar, estar en otro lugar,
disponer de tiempo libre, reencontrar a amigos, hacer nuevas
amistades- contribuyen a que estallen crisis antes larvadas
o a que afloren nuevas demandas recíprocas de satisfacción
difícil o imposible.
El verano, además, siempre es esperado como una promesa
de felicidad: periodo con derecho a ser felices, aunque
sólo sea por el número mayor de horas de luz
y de sol (¡eso es vida!, lo saben hasta las plantas)
y el número menor de horas y días de trabajo
(eso es vida, ¡y todavía más!). Si uno
lo pasa mal en febrero, cabe achacarlo al trabajo, al jefe,
al gobierno, al mal tiempo. Pero si lo pasa mal en julio
y en agosto, ¿a quién echarle la culpa? El
regreso al trabajo en septiembre o en octubre a muchos les
supone una depresión, que, sin embargo, a menudo
ha sido intra-vacacional antes que post-vacacional: se ha
producido en medio y a causa de las vacaciones por no cumplirse
las expectativas. Se esperaba demasiado o sin realismo alguno
y el balance resulta desolador. Ni el dinero ni el verano,
por sí solos, dan la felicidad; sólo contribuyen
a ella.
No sólo el periodo veraniego, también la Navidad
-que no tardarán en anunciar los comercios, mucho
antes que los pastores- puede hacer estragos. En esas fechas,
no menos, se depositan demandas desmesuradas de dicha. Se
presume que seremos felices por reunirnos los familiares,
por tomar las uvas con amigos, por regalarles juguetes a
los niños. Pero justo tal presunción condena
a la desilusión y a la tristeza. No es posible proponerse
la felicidad a fecha fija y a son de campanadas. El reencuentro
con familiares distantes suele poner en evidencia cuán
distantes estamos en efecto. La ficción de alegría
obligatoria revienta en chapapote pegajoso de hundimiento
del ánimo.
El tiempo de vacaciones suele contar en nuestra vida tanto
o más que el resto del año para ligar o desvincularse,
para encuentros y para desencuentros. En los años
jóvenes, desde luego, es tiempo para no ser desperdiciado.
Un mes o dos de estancia en otro lugar, acaso en otro país,
o unas semanas de trabajo en contrapunto a los meses de
estudio, han podido constituir experiencias muy enriquecedoras,
haber hecho madurar tanto o más que muchos meses
en las aulas. También en los adultos un verano o
un largo viaje ha podido cambiar la vida; y no por simple
azar. En un examen no llamaremos "suerte" a saberse
la materia. En un encuentro feliz no llamemos tampoco "fortuna"
a saber manejarse en la vida, a hallarse disponible ante
nuevos posibles lazos, al talante amistoso y festivo, que
permite tanto la fugaz alegría de una noche loca
cuanto el establecimiento de una larga amistad. Aunque se
reconozca su parte al azar, no todo habrá dependido
de la fortuna.
Al regresar al "negocio", a las obligaciones,
tras las semanas de "ocio", aunque quizá
no ociosas, nadie está exento de melancolía.
En su diccionario la Real Academia caracteriza a ésta
como "tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente".
Han sido un tanto sombríos nuestros académicos.
Templada y sosegada, la melancolía no siempre es
profunda, ni tampoco duradera. La hay suave y a ratos. El
estado melancólico es entonces tristeza apenas dolorosa
por un pasado que ha pasado y ya no volverá, sentimiento
agridulce asociado al carácter fugitivo de la dicha,
tristeza pasada por el filtro de una memoria agradecida
que confiesa haber vivido y disfrutado, haber amado o acaso,
y por lo menos, descansado. Con ese sentimiento como viático
es posible volver al trabajo sin rencor, sin frustración
y también sin ilusiones sobre las vacaciones próximas,
sean de invierno o de verano. Ahora, otra vez, existirán
los lunes con su mal sabor desde la madrugada. Somos, sin
embargo, afortunados si hemos de levantarnos todavía
de noche para marchar al trabajo. Hay quienes pasan los
lunes al sol. Eso sí que es para agarrar una depresión
en toda época del año.
[publicado
en SUR, octubre 2004]

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